Salvo sorpresas de última hora, que en este nivel son escasas, a la hora de escribir esta nota ya terminaron para Colombia los Juegos Olímpicos. Una medalla de plata en pesas (Diego Salazar) y una de bronce en lucha grecorromana (Jackeline Rentería), un cuarto y un sexto lugar en pesas, un séptimo lugar en ciclismo de ruta, un noveno en la marcha de 20 km, un décimo en clavados, un cuarto lugar en la competencia de ciclismo femenino por puntos, son un balance que le da al país 30 puntos, igual al de los Juegos pasados.
Es decir, ni avanzamos ni retrocedimos. Simplemente seguimos ahí, aunque incursionamos en deportes exóticos para nosotros como el tiro con arco y los clavados. ¿Decepcionados? No, eso somos. Los deportistas que tenemos no se hacen desde su infancia en centros de alto rendimiento, con alimentación adecuada y programas científicos, al nivel de la excelencia. Ellos se hacen solos para escapar a la miseria en que viven. La medallista Jackeline Rentería vive en Siloé, un rincón deprimido de Cali. A los 13 años debió abandonar el judo porque no tenía dinero para los implementos y se pasó a la lucha.
James Rendón, que llegó en el puesto 31 en la marcha de 20 kilómetros vive desde hace 8 años en Ciudad Bolívar (Bogotá), donde habitan más de dos millones de pobres, y las zapatillas especiales para entrenarse con miras a los olímpicos se las consiguió un programa televisivo para reemplazar los raídos tenis que habían sido causa de varias lesiones. Su historia supera la fantasía. Con sus compañeros de un pobre club del barrio debió aplanar un terreno junto al que llaman los vecinos “el árbol del ahorcado” para poder entrenar, con tanta perseverancia que le ha alcanzado para ser campeón de Suramérica, de los juegos Odesur y puesto 25 en la Copa Mundo de Marcha.
Por eso, cuando ganan, lo que piden ante las cámaras como premio es una casa propia para que su familia pueda escapar de la miseria. Fue lo primero que se le ocurrió decir a Diego Salazar después de ganarse la medalla de plata y el coro lo completó luego Jackeline Rentería. Como es de rigor, los políticos salieron a decir que sí, que ni más faltaba. Uno espera que cumplan, pero ni eso. A Mabel Mosquera, medallista colombiana de los Juegos de Atenas, el por entonces gobernador de Santander, Hugo Aguilar, le prometió casa propia. Cuatro años después, todavía la está esperando.
Para ellos no importa. Por lo menos existe la esperanza y es cuando uno entiende su perseverancia diaria, pese a las carencias de su niñez que les malogró su biotipo y los coloca en inferioridad de condiciones frente a quienes son preparados desde que nacen para ser deportistas, como los fantásticos nadadores australianos y estadounidenses. Por eso una medalla de estos tercermundistas es más grande que la que se cuelgan los superatletas. Es que ganar a pesar de haberlo tenido todo en contra, es para quitarse el sombrero.
Pero como todo en la vida, sólo algunos logran cumplir sus metas. De los sesenta y tantos colombianos que fueron a China, unos ya están por terminar su ciclo y deberán retornar a su pobreza. Otros, como Rendón, persistirán junto a unos nuevos porque saben que la única oportunidad que les brinda la vida es ganar dentro de cuatro años una medalla olímpica, y aunque eso no es garantía de que salgan de la miseria, por lo menos el sueño los mantiene vivos y los convierte en gigantes donde quiera que compitan.
A todos recibámoslos como lo que son, héroes olímpicos.
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